Te succioné de mi piel, de mi sangre y de mis sabanas, para sepultarte en los ojos de cualquier desconocido.
Me descamisé el alma y solté el albedrío, para ya no latirte, para fundirte en la no existencia.
Extendí mis noches y mis besos en caminos perdidos; me fugué para siempre de una Yo dolida...
Y aun así no pude descoserte de mis manos.
Y otra vez aquí estoy, pernicioso destino, sepultando tu recuerdo, olvidando tu mirada, convirtiéndote en un fantasma.
Tal vez de tanto negarte, algún día ya no existas.
O, mejor aún, nunca hayamos existido ninguno de los dos.
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